LOS GEMELOS MILLONARIOS NO COMÍAN NADA, HASTA QUE LA NUEVA NIÑERA HIZO ALGO — Y EL PADRE VIUDO SE…

nada. Cuando empezó a oscurecer, Mariana recogió todo con ayuda de los niños. No se lo pidió.
Ellos lo hicieron solos. Guardaron el material, llevaron los vasos a la cocina y se lavaron las manos. Chayo no se metió, pero los miraba de reojo. En Minones, su cara había algo raro, como si no supiera si estaba molesta o sorprendida. Ya en la sala, Mariana los dejó ver un capítulo de caricaturas.

Se sentaron en el piso con cojines. Emiliano se quedó dormido.
Sofía se recargó en Mariana sin decir palabra. Cuando Ricardo entró y los vio así, se quedó callado. Mariana le hizo una seña para que no hiciera ruido. Él solo asintió. Mariana lo acompañó al pasillo. Ricardo no la miró a los ojos, solo dijo, “Gracias.” Mariana bajó la mirada. “No hice nada

especial.” Ricardo respiró hondo. Hiciste mucho.
No sé cómo, pero lo hiciste. Se quedaron un segundo en silencio. Mariana rompió el momento. Mañana quiero llevarlos al mercado. Quiero que elijan su comida. Ricardo dudó. Al mercado con gente. Mariana asintió. Con vida. Ricardo no dijo que sí ni que no, solo se fue. Esa noche los niños durmieron

sin pedir cuentos.
Mariana los tapó, les dio un beso en la frente y salió del cuarto sin quejarse del cansancio. Afuera el cielo se había despejado. Había luna. El tipo de noche que se siente diferente, aunque no pase nada, aunque todo siga igual. Pero algo se movió por dentro y eso ya era suficiente para decir que

esa fue una tarde distinta. La casa tenía lugares a los que nadie entraba. Mariana ya se lo había notado.
Había puertas cerradas con llave, cortinas que nunca se corrían y habitaciones que ni los niños mencionaban. Un día en la tarde, mientras los gemelos dormían una siesta larga después de correr por el jardín, Mariana aprovechó para limpiar un poco por su cuenta. Subió al segundo piso y empezó a

revisar un pasillo que nunca había recorrido completo.
Ahí encontró una puerta distinta a las demás. Era de madera más oscura con una cerradura antigua y un letrero pequeño casi invisible. Decía, estudio. La puerta no tenía llave puesta. Solo estaba cerrada por dentro. Mariana empujó con cuidado, abrió despacito. Adentro olía a algo guardado por años.

No ha podrido, pero sí a tiempo detenido.
Era un cuarto mediano con un escritorio lleno de papeles, una silla giratoria, fotos enmarcadas y un perchero con un suéter colgado. Todo estaba en su sitio como si alguien todavía lo usara. En las paredes había dibujos hechos por niños, algunos firmados con crayón. Para mamá, con amor. Mariana

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