Dos niños unidos por algo que aún intentaba comprender por completo. En un momento de agotamiento, Gilberto se sentó a su lado. No puedo cambiar lo que hice,] empezó. Carolina levantó la mano interrumpiéndolo. Después] dijo solamente, “Ahora espera. Dentro del quirófano, la tensión alcanzó su punto máximo cuando los monitores oscilaron.
La presión está bajando”, advirtió alguien. El cirujano pidió calma, ajustó procedimientos, corrigió cada detalle con rapidez. El silencio era absoluto,] roto solo por órdenes cortas y sonidos electrónicos. Minutos que parecieron horas pasaron hasta que la estabilidad regresó. “Lo estamos logrando”, dijo una doctora aliviada, pero aún cautelosa.
Nadie celebró. Ahí nada terminaba hasta que terminaba. Cuando el procedimiento finalizó, el cirujano salió con pasos firmes, pero el rostro cansado. Gilberto se levantó de un salto y entonces preguntó sin poder ocultar la desesperación. El médico respiró hondo antes de responder. El trasplante fue exitoso. Ahora tenemos que observar.
Pero el cuerpo respondió como esperábamos. Gilberto se cubrió el rostro con las manos y lloró abiertamente sin intentar contenerse. Carolina cerró los ojos sintiendo que las piernas le fallaban. ¿Va a vivir?, preguntó. El médico. Asintió. Sí.] va a vivir. Ezequiel despertó horas después, desorientado, sintiendo el cuerpo pesado.
Lo primero que vio fue a Gilberto a su lado, sosteniéndole la mano con cuidado. ¿Funcionó?, preguntó el niño con voz débil. Gilberto sonrió entre lágrimas. Funcionó gracias a ti. Poco después, Camilo fue llevado al cuarto, aún monitoreado,] pero respirando mejor, con más color en el rostro. Carolina observaba a los dos niños uno junto al otro en silencio.
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