Ese niño pobre aprendía de manera improvisada, robando conocimiento, porque el mundo nunca le había ofrecido nada. El deseo de ser médico no era una fantasía infantil,] era dolor transformado en propósito. Dos años antes, su hermano gemelo había muerto en sus brazos, esperando una ayuda que nunca llegó.
Si alguien hubiera sabido qué hacer, pensaba Ezequiel casi todos los días, el recuerdo venía acompañado de culpa, impotencia y una rabia silenciosa. Desde entonces,] juró que aprendería todo lo que pudiera para salvar vidas. Incluso viviendo en la calle, incluso siendo ignorado, ese niño se preparaba para algún día marcar la diferencia.
En el cuarto piso, el momento tan esperado finalmente llegó. El llanto de Camilo resonó en la sala y Carolina lloró junto con él riendo entre lágrimas. “Nació Gilberto, nació”, dijo exhausta y feliz. El millonario sintió que las piernas le temblaban, el corazón acelerado como nunca antes. Por unos segundos, el mundo pareció perfecto, pero la alegría se interrumpió de forma abrupta.
El llanto cesó, las miradas se cruzaron. Un médico frunció el ceño. Algo no está bien, dijo en voz baja, llamando refuerzos de inmediato.] El ambiente se transformó en un escenario de urgencia extrema. Los monitores comenzaron a sonar. Manos presionaban el pequeño cuerpo. Se gritaban órdenes. “Respira, hijo mío, por favor”, suplicaba Gilberto con la voz quebrada, sin darse cuenta de las lágrimas que caían.
Carolina intentó incorporarse desesperada. ¿Qué está pasando? Dime que va a estar bien. Nadie respondió. El silencio entre un intento y otro era sofocante. Cada segundo parecía un golpe hasta que llegó la frase que ningún padre ni madre debería escuchar. Alastreo 347. Camilo fue declarado sin vida. Carolina entró en shock.
La mirada perdida,] el cuerpo sin reacción. Gilberto cayó de rodillas como si toda la fortuna del mundo no valiera nada en ese instante. El sueño,] la espera, todo parecía haber terminadoahí. El cuarto piso fue tomado por un luto inmediato y brutal. En la planta baja, Ezequiel escuchó las alarmas y el correteo.
Las voces cargadas de tensión subieron por los pasillos como una advertencia sombría. El niño se detuvo sintiendo el corazón latir demasiado fuerte. Otro niño pensó con un nudo en la garganta. El dolor antiguo regresó con fuerza, mezclado con algo nuevo, un llamado interior imposible de ignorar. apretó el cuaderno contra el pecho y respiró hondo.
Sabía que no podía ver a otra familia perderlo todo como él lo había perdido. Incluso siendo solo un niño pobre de la calle, algo dentro de él decía que todavía no era el final. En la planta baja, Ezequiel se quedó inmóvil por un segundo, sintiendo como la garganta se le cerraba. Era como si el pasado hubiera regresado para cobrar la misma deuda.
No, no puede terminar así, pensó. Y la promesa hecha a su hermano gemelo se levantó dentro de él ardiendo como fuego. No tenía permiso, no tenía gafete, no tenía a nadie que respondiera por él, pero tenía algo que muchos ahí parecían haber perdido en medio de la rutina, la urgencia de intentar hasta el último instante.
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