Los Médicos Dijeron Que El Bebé Del Millonario Había Muerto… Hasta Que Un Niño Pobre Obró Un Milagro

Cerró el cuaderno con fuerza, como si estuviera dejando atrás la parte teórica para entrar al mundo real. No voy a dejar que otro niño muera mientras yo me quedo mirando”, se dijo a sí mismo,] casi en un susurro. Sus pasos comenzaron cautelosos y de pronto se convirtieron en una carrera. Conocía ese hospital como quien conoce el camino de regreso a casa, porque de cierta forma era el lugar donde más había vivido en los últimos tiempos.

Pasó por una puerta lateral, esquivó a una enfermera apurada, bajó por un pasillo estrecho donde el olor a antiséptico era más fuerte. Área de apoyo. Ya lo vi, ya lo] vi, repetía mentalmente, sacando de la memoria la imagen de cubetas metálicas grandes usadas para el hielo quirúrgico. El corazón le latía tan fuerte que parecía delatar su presencia,] pero nadie se fijaba.

Para casi todos, él seguía siendo invisible. Ezequiel entró en un área de servicio con luz fría y paredes marcadas por el tiempo. Dentro había cajas, carritos, sábanas apiladas y sí, las cubetas. El niño se detuvo frente a ellas como quien encuentra un arma en medio de una guerra. Abrió una tapa] y vio el hielo compacto brillando bajo la luz.

Por un instante, la duda mordió su valentía. ¿Y si estoy equivocado? ¿Y si empeoro todo? La imagen de su hermano gemelo muerto] le respondió de inmediato. Equivocado es no hacer nada, pensó y sus manos, aunque pequeñas y temblorosas, actuaron. Tomó una cubeta con ambas manos, sintiendo como el metal helado le mordía la piel, y el peso hizo que sus hombros protestaran.

Vamos, solo un poco más”, murmuró arrastrándola primero y luego levantándola en un esfuerzo que parecía mayor que su propio cuerpo. El hielo se sacudía dentro, produciendo un sonido seco casi amenazante. Sabía por fragmentos de conversaciones que había escuchado y videos que había visto,] que el frío extremo podía desacelerar procesos, darle al cuerpo una mínima oportunidad.

Era una idea desesperada, sí, pero la situación también lo era. En el camino de regreso, los pasillos parecieron más largos que nunca. Esquivaba camillas, personal que corría, puertas que se abrían. Algunas personas miraban rápido, sin entender qué hacía un niño pobre de la calle, cargando una cubeta metálica con hielo dentro de un hospital de ese nivel.

“Eh, muchacho!”, gritó alguien a lo lejos,] pero él fingió no escuchar. Si me detienen ahora se acabó, pensó y apuró el paso.] El miedo era real, pero la determinación era mayor. Cuando se acercó al área del cuarto piso,] la atmósfera era distinta, una tensión de duelo reciente mezclada con prisa. Escuchó voces bajas, llantos contenidos, órdenes secas.

encontró la puerta de la sala donde estaba Camilo y el corazón se le saltó un latido al verde reojo al bebé, tan pequeño, tan quieto, rodeado de adultos que parecían enormes e impotentes.] Por un segundo, el mundo giró. Es él. Es ahora,] pensó Ezequiel y empujó la puerta con el hombro, irrumpiendo en el lugar como una tormenta.

¿Quién es este niño?, gritó una enfermera dando un paso al frente para detenerlo. “Sáquenlo de aquí ahora.” Un médico, con el rostro aún cansado por el esfuerzo reciente, levantó la mano en un gesto automático de autoridad. “No puedes entrar aquí.”] Pero Ezequiel no se detuvo. Sus ojos estaban fijos en el bebé. No era falta de respeto, era urgencia.

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