sintió que la garganta le ardía y sin darse cuenta habló en voz alta temblando. No se acabó. Yo sé que no se acabó. Yo yo puedo intentar algo. Gilberto levantó la cabeza en ese mismo instante, como si esa voz fuera un hilo que lo jalara de regreso al mundo. El millonario,] devastado, vio alniño de ropa sucia y mirada feroz y por un segundo entendió qué estaba pasando.
Carolina también miró, aún en shock, como si su mente estuviera demasiado lejos para seguir la escena. ¿Quién? ¿Quién eres] tú? Logró preguntar Gilberto con la voz rota. Ezequiel respondió casi sin aire. Yo solo, yo solo no quiero ver morir a otro niño. La enfermera intentó sujetarlo del brazo. Suéltalo. Vas a lastimar al bebé.
El metal de la cubeta golpeó el suelo con un sonido fuerte que hizo que todos se voltearan. El hielo brillaba como una advertencia. Esto es una locura, exclamó alguien. Pero Ezequiel, en un movimiento rápido y demasiado preciso para su edad, se acercó a la mesa y tomó a Camilo con un cuidado extremo, como si sostuviera algo sagrado.
El bebé estaba frío, pálido, inmóvil. Ezequiel sintió un nudo en el pecho. “Por favor, reacciona”, pensó y la voz del pasado llegó con fuerza. Si fuera mi hermano, habría intentado todo. “Niño, devuélvelo ahora”, gritó el médico avanzando hacia él. Pero Ezequiel no retrocedió. metió las manos en el hielo, acomodó al bebé de la forma en que había visto en un video y en un gesto que detuvo al mundo, colocó a Camilo dentro de la cubeta, apoyando su pequeño cuerpo sobre el hielo para que el frío lo envolviera.
El impacto fue inmediato.] “Dios mío”, exclamó alguien. “Sáquenlo de ahí!” La sala explotó en voces. Carolina lanzó un grito tan fuerte que parecía rasgar la noche. ¿Qué estás haciendo con mi hijo? Gilberto dio un paso hacia la cubeta con el instinto de padre hablando más fuerte que cualquier lógica, pero antes de que llegara a un sonido lo cortó todo.
El monitor cardíaco que seguía conectado por protocolo,] pitó un pitido corto, luego otro y después un ritmo débil, irregular, pero presente. Toda la sala quedó congelada. Los ojos de los médicos se abrieron como si la ciencia estuviera siendo desafiada frente a ellos. “Eso, ¿es eso es un latido?”, preguntó uno incrédulo, acercándose al monitor.
Ezequiel se quedó inmóvil con las manos temblando sobre la cubeta.] “Vamos, por favor, vamos”, pensaba] casi sin respirar. El pitido continuó. Uno, dos, tres. Y de pronto Camilo se movió. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero real, un espasmo leve, una señal de vida. Y entonces llegó el sonido que nadie esperaba volver a escuchar en esa sala.
Un llanto, débil al principio, como un hilo, pero creciendo rápido, atravesando el ambiente con una fuerza estremecedora. Carolina se llevó las manos a la boca y se derrumbó en lágrimas como si su cuerpo hubiera regresado a ella en ese segundo. Gilberto, aún sin creerlo, volvió a caer de rodillas, pero ahora era por gratitud, por shock, por una alegría que dolía.
“Esta está llorando”, repetía Gilberto como alguien que necesita decirlo en voz alta para que el cerebro lo acepte. Un médico se acercó corriendo dando órdenes en cadena. Sáquenlo de ahí con cuidado. Calentador. Ahora monitoreo completo. El equipo, antes exhausto y sin esperanza, se transformó en un batallón renacido.
] La sala volvió a llenarse de acción, pero ahora con una energía nueva, la energía de un imposible ocurriendo ante todos. Ezequiel dio un paso atrás] sin saber dónde poner las manos, sin saber si debía hablar o desaparecer. Sentía las piernas flojas. “De verdad lo hice”, pensó] casi asustado por su propia valentía.
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