Si yo hubiera sabido esa noche, él podría estar vivo, confesó con los ojos llenos de lágrimas. Gilberto sintió un nudo en la garganta que no esperaba. Afuera, los medios ya tenían un titular listo. Niño de la calle salva al bebé de un millonario. La frase se esparció rápido, cargada de emoción y contraste. Para el público, Ezequiel se volvió un símbolo de esperanza, de milagro, de justicia poética.
La gente lloraba al ver el reportaje. “Mira eso, un niño salvando a otro”, decían.] Pero detrás de las cámaras empezaron a surgir preguntas incómodas. ¿Cómo entró al hospital? ¿Quién permitió que eso pasara? ¿Fue suerte o algo más? Gilberto decidió actuar antes de que el mundo decidiera por él. Cuando volvió a ver a Ezequiel, fue directo.
“No puedes volver a la calle.” El niño se quedó rígido al instante. “Yo yo no quiero causar problemas.” Gilberto negó con la cabeza. Tú no eres un problema, eres un niño y mereces cuidado.] Respiró hondo y añadió con voz firme, quiero que te quedes unos días en mi mansión, solo hasta que pase esta tormenta, hasta que los medios te dejen en paz.
Es temporal para protegerte. Ezequiel abrió los ojos sin saber qué responder. Carolina, todavía frágil, observaba la escena desde lejos. Su mirada mezclaba gratitud y confusión. Había algo hermoso ahí] y algo que la inquietaba. En la casa del millonario todo le parecía irreal a Ezequiel.
El cuarto solo para él, la ropa limpia, el baño caliente que duró más de lo normal porque no quería salir del agua. Esto de verdad es para mí, pensaba tocando las paredes como quien confirma que no está soñando. Gilberto lo observaba en silencio con atención. Cada gesto sencillo del niño cargaba una historia dura.
Carolina sonreía, pero la sonrisa no llegaba a los ojos. Algo dentro de ella se movía, una sensación difícil de explicar. Los primeros días en la mansión pasaron demasiado rápido, pero no en silencio. Gilberto observaba a Ezequiel con una atención constante, casi involuntaria. No era curiosidad social ni solo gratitud.
Era algo más profundo incómodo. En momentos simples,] durante el desayuno, al escuchar al niño reír bajo frente al televisor o cuando se concentraba en algún detalle, el millonario sentía una extraña presión en el pecho. Había gestos que reconocía. La forma de fruncir el seño al pensar, la manera de apretar los labios antes de responder es cosa de mi imaginación, se decía intentando alejar esa sensación, pero la sensación no desaparecía,] al contrario, crecía.
Gilberto empezó a notar rasgos físicos que no se explicaban fácilmente. La forma de los ojos, la línea de la mandíbula aún infantil, pero ya marcada. Incluso la manera en que Ezequiel sostenía los cubiertos le recordaba algo antiguo,] olvidado. Una mañana se quedó mirándolo demasiado tiempo. Carolina lo notó.
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