Abrió la ventana con cuidado, sintiendo el viento frío golpearle el rostro. Afuera, la noche lo llamaba con la misma dureza de siempre. Es mejor irme ahora antes de que me digan que me vaya, pensó con una madurez demasiado triste para su edad. A la mañana siguiente, la ausencia gritó más fuerte que cualquier palabra. Carolina fue la primera en darse cuenta, pero no llamó a Gilberto de inmediato.
Se detuvo en el pasillo, respiró hondo, como si necesitara] fuerzas incluso para hablar. Gilberto, el cuarto está vacío. Él fue hasta ahí demasiado rápido, con el corazón ya desbocado. La cama] intacta, la ventana abierta, el viento pasando las páginas del cuaderno abandonado como si quisiera contar la historia que nadie escuchó.
Gilberto lo tomó con manos temblorosas, reconociendo los dibujos, las anotaciones. Cada página era una súplica silenciosa. No, no era esto lo que yo quería, susurró sintiendo como el peso de su propia indecisión lo aplastaba. Carolina permaneció en la puerta distante,] sin acercarse, como si incluso ese dolor tuviera límites.
La prensa empezó a especular casi al mismo tiempo. ¿Dónde está el niño? ¿Huyó? ¿Fue apartado? Las preguntas se acumulaban, pero la respuesta verdadera estaba ahí, clara] y cruel. Ezequiel había huído porque creyó que sería abandonado una vez más. Gilberto sintió un dolor en el pecho que no venía de la opinión pública, sino de la conciencia y de la mirada herida de Carolina, que ahora apenas compartía el mismo espacio con] él.
No había dicho, “Vete,” pero tampoco había dicho,] “Quédate.” Y para un niño marcado por el abandono, el silencio siempre habla más fuerte. Mientras tanto, lejos de ahí,] Ezequiel caminaba por las calles aún oscuras de la ciudad, con los hombros encogidos y la mirada alerta. Cada paso lo alejaba de la mansión y lo empujaba de vuelta a la invisibilidad que conocía también.
El frío de la madrugada le mordía la piel,] pero el frío más grande venía de adentro. No debía haber creído, pensaba apretando su chamarra delgada. El mundo parecía listo para olvidarlo otra vez. El teléfono sonó demasiado temprano esa mañana y Gilberto contestó con el corazón pesado, como si ya supiera que la noticia no sería buena.
Del otro lado de la línea, la voz del médico no intentó suavizar nada. “Señor Gilberto, el estado de Camilo empeoró durante la madrugada.” Gilberto cerró los ojos de inmediato. “¿Empeoró?” ¿Cómo?, preguntó con la voz quebrada. El tratamiento no está funcionando. El cuadro es grave. Si nada cambia, lo vamos a perder.
Hubo un silencio breve y cruel. ¿Existe alguna alternativa? Insistió Gilberto. Solo hay una. Un trasplante parcial de médula. La compatibilidad es extremadamente rara y tragó saliva. El único compatible encontrado hasta ahora es Ezequiel. Por un instante,] Gilberto no pudo responder. Solo respiraba con dificultad, sintiendo como el peso de la situación le aplastaba el pecho.
Carolina estaba sentada a la mesa, apartada, con los brazos cruzados y la mirada fría desde la revelación de la traición. escuchó solo parte de la conversación y preguntó sin acercarse, “¿Qué pasó ahora?” Gilberto colgó el teléfono despacio. “Camilo está peor.” “¿Y?”, insistió ella, “dijeron que solo hay una oportunidad.
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