Los médicos me dieron tres días y mi marido dio la cara.

La ordenanza entró con cautela, como si temiera perturbar el silencio. Aparentaba unos treinta y cinco años, vestía un uniforme sencillo, el pelo recogido bajo un pañuelo y las manos enrojecidas por la lejía. Pero sus ojos… no estaban "cansados" como los de la mayoría de los presentes. Estaban atentos. Peligrosamente atentos: de esos que notan, recuerdan y sacan conclusiones.

"¿Qué dijiste?", preguntó en un susurro.

Elina Serguéievna tragó saliva. Tenía la garganta seca por la medicina, la lengua pesada, pero sus pensamientos eran tan claros como el acero.

"Dije: si haces todo lo que te digo..." Elina contuvo el aliento, "ganarás dinero. Mucho".

La ordenanza colocó lentamente el cubo contra la pared.

"¿Estás delirando?", preguntó con cautela. "Te están poniendo a... dormir, después de todo".

Elina sonrió con una comisura de los labios.

"No me están poniendo a dormir. Me están subestimando", susurró. "Como tú, probablemente."

La enfermera se quedó paralizada. Luego dijo en voz baja:

"Me llamo Nina."

"Nina", repitió Elina. "¿Quieres dejar de limpiar pisos ajenos por una miseria?"

"Todos quieren", respondió Nina. Y no había codicia en esa afirmación, solo la verdad.

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