Sola
Un día, Nina se acercó a Elina con dos tazas de té y le dijo:
"Solía pensar que los ricos siempre eran fuertes. Pero resulta que... los fuertes son los que se alzan cuando ya están enterrados".
Elina sonrió, una sonrisa débil pero genuina.
"Morí el día que susurró 'por fin'", respondió. "Y entonces... volví a nacer. Gracias por eso".
Nina bajó la mirada:
"Simplemente... ya no quería callar".
Elina miró por la ventana. El invierno se retiraba, y las gotas de agua se derretían en el cristal.
A veces, para salvarse, no se necesita un milagro.
A veces se necesita una señora de la limpieza con mirada serena...
y una mujer que, incluso al borde de la muerte, sepa dar el último paso que cambie el juego.
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