Los médicos me dieron tres días y mi marido dio la cara.

Elina giró la cabeza con dificultad hacia la ventana, donde el invierno de Moscú brillaba gris tras el cristal, y susurró:

"Necesito una cuerda, Nina. No para estrangularte. Para sacar a la luz la verdad."

Paso 2. Un plan que suena como un susurro, pero corta como un cuchillo.
Nina cerró la puerta de la habitación y se acercó. "Habla", dijo con más firmeza. "Pero rápido".

Elina asintió.

"Primero. Debes ser mis ojos en el pasillo. Es importante para mí saber: quién entra, quién sale, qué conversaciones, qué papeles, qué medicamentos".

"Es peligroso", susurró Nina.

"Es peligroso vivir cuando te consideran un don nadie", respondió Elina. "Segundo. Me traerás un teléfono. No el mío; mi marido se lo llevó. El tuyo o uno de repuesto. Cualquier teléfono. Necesito una salida".

Nina frunció el ceño.

"Cámaras... seguridad... todo se graba aquí".

"No todo", sonrió Elina levemente. "Todo sistema tiene puntos ciegos. Tú trabajas aquí. Sabes dónde están".

Nina guardó silencio, y ese silencio era un gesto de aprobación.

"Tercero", continuó Elina. "Necesito un notario. Pero no el que Pavel 'recomienda'. El mío". Hay un hombre, el abogado Konstantin Vorontsov. Su número está anotado… —Elina dudó—, en mi agenda roja. Está en casa, en el primer cajón de su escritorio.

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