Los médicos me dieron tres días y mi marido dio la cara.

Nina se tensó.

—¿En casa? ¿Te refieres a… en tu casa?

—Sí. Irás allí con el pretexto de «llevarle objetos personales a un paciente». A Pavel no le importará; está seguro de que ya estoy prácticamente muerta. Te dará las llaves. Le gusta controlar las cosas, pero le gusta aún más que lo vean como «cuidadoso».

Nina se mordió el labio.

—¿Y si no me lo da?

—Lo hará —dijo Elina con firmeza—. Conozco a hombres así. Les gusta sentirse poderosos. Me lo dará para que luego pueda decir: «¿Ves? Lo hice todo por ella».

Nina preguntó en voz baja:

«¿Y luego qué?».

Elina la miró de una manera que inquietó a Nina.

«Entonces nos aseguraremos de que se confiese. No a mí. A la cámara." A una persona. Al mundo.

Etapa 3. La sonrisa del marido y el primer cebo
Al día siguiente, Pavel llegó a la habitación aún más "amable". Trajo flores: lirios blancos, que Elina siempre había detestado. Trajo fruta, que ella no podía comer. Y sonrió como si ya hubiera ensayado el papel de viudo.

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