Para él, que una mujer negra lo hubiera humillado así era imperdonable. “Discúlpame,” le dijo Hasson con sarcasmo, “pero ¿no crees que esto es un poco absurdo? ¿Una intendente sin credencial es invitada a una reunión de expertos solo por una casualidad?” Se dirigió directamente a Rachel con desprecio. “Dime, Rachel, ¿dónde aprendiste inteligencia artificial? ¿En tutoriales gratis de YouTube o escuchando a los ingenieros mientras limpiabas de noche?” El silencio se hizo pesado. Rachel sintió que su corazón se aceleraba.
Era el momento de la verdad. Levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos. “Fui estudiante del Instituto Tecnológico de Massachusetts,” dijo con voz suave pero firme. “Mi especialidad era inteligencia artificial.” “Pero supongo que eso no te importa, ¿verdad, señor Hasson? Lo único que tienes en mente es por qué alguien como yo pudo encontrar un error que tú y tus supuestos expertos pasaron por alto.” ¡Boom! El cuarto se quedó mudo. Hasson no esperaba esa respuesta. Su cara se puso roja de vergüenza y rabia, pero Rachel no había terminado.
Se paró frente a la pizarra y con la confianza de sus días en el MIT explicó el problema con una claridad que dejó a todos boquiabiertos. “El problema del algoritmo era usar un modelo lineal donde se requería una función no lineal,” explicó. “Ese error influyó en el margen de error y desestabilizó todo el sistema. Al cambiar el modelo lineal por una función sigmoidea, el rendimiento mejora casi 60%.” Los aplausos llenaron la sala. Hasta los que dudaban ahora la miraban con admiración.
Hasson se hundió en su silla dándose cuenta de que había perdido la batalla más importante de su carrera. Pero la historia no termina ahí. Hasson, cegado por su orgullo herido, no se dio por vencido. Empezó una campaña silenciosa para hacer la vida imposible a Rachel. La aislaba en las reuniones, ignoraba sus ideas y hasta llegó a amenazarla en la cocina de empleados. “Si no te vas por tu cuenta,” le dijo con voz fría, “te voy a hacer arrepentida haberte metido en esta pelea.” Rachel aguantó todo lo que pudo, pero la presión era demasiada.
Una noche, mientras miraba la foto de su hija Sofía, tomó la decisión más difícil de su vida. Escribió su carta de renuncia y se fue de la empresa. Hasson pensó que había ganado, pero se equivocó rotundamente. Cuando Simón se enteró de la renuncia de Rachel, algo cambió en él. Se dio cuenta de que había perdido no solo a una empleada brillante, sino a la persona que había salvado su empresa. El proyecto volvió a fallar. Los expertos no encontraban soluciones y todo se desmoronaba otra vez.
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