Las paredes estaban irreparables. Fregué, lavé, lo intenté todo. Al final de la primera semana, me di por vencida y fui a la ferretería. Compré cuatro latas de pintura naranja, mi color favorito, y lo cubrí todo.
Capa tras capa. Pared por pared.
Cuando terminé, la habitación parecía renovada.
Dejé el suelo para el final.
Estaba tan sucio que tuve que fregarlo de rodillas con un cepillo duro y agua con vinagre. Una mancha oscura se resistía a la factura; pensé que era parte de la madera. No lo era. Tardé tres días en quitarla. Debajo había un suelo de madera que aún conservaba su vida.
Tres semanas. Tres semanas arrastrándome, sudando, acarreando basura, luchando contra bichos y olores que no deberían existir.
Pero cuando finalmente llegué a la puerta y miré a mi alrededor, sonreí y no pude parar.
Un mes después, el lugar brillaba. Las paredes naranjas calentaban toda la calle. Un mostrador de segunda mano, pulido hasta relucir. Mesas ordenadas, manteles de plástico rojo y blanco. Música que se derramaba en la acera. Vendí tacos, refrescos, aguas de sabores, y me reí con los clientes todo el día.
Era mío.
Construido con mis propias manos. Una bolsa de basura a la vez.
Entonces, un jueves por la tarde, mamá entró con esa sonrisa tan familiar. Se sentó, pidió agua y me hizo señas para que me acercara.
"Cariño", dijo con dulzura, "¿te parecería bien que tu hermana ocupara este lugar? Ella también necesita un lugar donde trabajar".
Me quedé paralizada.
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