Caroline colgó, se alisó la pechera del abrigo y salió tan silenciosamente como había llegado.
La casa se sentía más pesada ahora, cargada de una tensión indefinible. Retrocedió lentamente hacia su habitación, con el corazón latiendo con fuerza a cada paso. El sobre. La llamada. Ese tono extraño. Algo andaba mal, y fuera lo que fuera que su tía estuviera tramando, su madre estaba involucrada de una manera que la inquietaba.
Las manos de Emma temblaban. ¿Debería llamar a su madre? ¿Debería fingir que no pasaba nada? Puede que le hubiera bajado la fiebre, pero el pánico se disparaba.
De repente, oyó el coche de su madre entrar en la entrada.
Y Emma lo comprendió:
El sobre seguía en el abrigo de Laura.
Laura entró por la puerta con su habitual sonrisa cansada, pero la preocupación de Emma se intensificó al instante. Corrió hacia su madre, le tomó la mano y le susurró con urgencia: «Mamá, necesito hablar contigo».
Laura se arrodilló. «Dime, ¿qué te pasa? ¿Sigues sintiéndote mal?»
«No», respondió Emma, mirando el abrigo. «Pasó algo. Vino la tía Caroline. Tenía una llave. Y... y te metió algo en el bolsillo».
Laura frunció el ceño. «¿Caroline estuvo aquí?» «¡No tiene llave de esta casa!».
Pero Emma insistió, con la voz temblorosa. «Metió un sobre en tu abrigo».
Perpleja y preocupada, Laura fue al perchero y metió la mano en el bolsillo. Sus dedos se congelaron alrededor del sobre. Lentamente, lo sacó. Era sencillo, sin marcas y bien cerrado. Lo abrió... y se quedó boquiabierta.
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