“Mami, tengo fiebre… ¿puedo quedarme en casa hoy?”, preguntó la niña. Su madre le tocó la frente y le dio permiso. Alrededor del mediodía, la niña oyó girar una llave en la cerradura. Mirando por la ventana de su habitación, vio entrar a su tía y, discretamente, meterle algo en el bolsillo del abrigo. Antes de irse, su tía llamó y dijo: “Ya me encargué de todo. Puede llamar a la policía esta noche. Esa niña tonta no sospechará nada”.

Un silencio denso invadió la habitación.

Hasta que Emma susurró:

"Mamá... ¿y si vuelve?"

Laura no lo dudó ni un segundo. Revisó las cerraduras, bajó las persianas y bajó la voz. "Emma, ​​cariño, quédate conmigo, ¿vale? Ya veremos." Emma asintió, conteniendo las lágrimas.

Laura llamó inmediatamente al departamento de fraude de su banco para denunciar las transacciones no autorizadas. Su voz se mantuvo serena, pero sus manos temblaban de adrenalina. Explicó los documentos falsificados, los elementos sospechosos y su convicción de que alguien —probablemente su hermana— intentaba incriminarla. El asesor bancario prometió congelar todas las cuentas y remitir el caso a las autoridades competentes.

Al terminar la llamada, Laura respiró con dificultad. "De acuerdo. Eso nos da algo de tiempo".

Emma se sentó a su lado. "¿Por qué haría eso la tía Caroline?".

Laura tragó saliva con dificultad. "No lo sé". "Pero tiene problemas de dinero... quizás mucho peores de lo que nos ha contado".

Había habido señales de alerta: eventos familiares perdidos, cambios repentinos de humor, llamadas telefónicas extrañas. Laura los había atribuido al estrés. Ahora veía otro patrón, uno que la estaba llevando directamente a la desesperación.

De repente, un ruido en la puerta los sobresaltó. No era la puerta abriéndose, sino algo deslizándose por debajo.

Una nota.

Laura se acercó con cautela, la recogió y la desdobló.

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