Mayo de 1946. Un soldado de primera línea lleva a una amante a su pueblo natal, mientras su esposa legal cría a los niños y trabaja para dos. Pero una noche, durante una ventisca, su rival llamó a su puerta con su bebé recién nacido en brazos para pedirle una cosa.

Ella se sorprendió, pero accedió.

Se sentaron uno al lado del otro en el cine, y Glafira se sorprendió pensando que estaba a gusto. Junto a él, no había necesidad de construir nada, ni de ocultar el dolor. Él mismo sabía lo que era el dolor. Lo sabía y se callaba, sin hurgar en el alma.

Y un mes después, Dmitri dijo:

—Glasha, entiendo que no eres joven ni guapo. Pero mi corazón está ocupado contigo. Me aburre una sola. ¿Quizás podríamos intentarlo juntos?

Glafira guardó silencio un buen rato. Miró sus manos, cansadas y callosas, y sus amables ojos cansados.

—Dima, ya me casé. Ya he tenido suficiente.

—Conozco tu historia —dijo en voz baja—. Y no te juzgo. No soy Pavel. Soy diferente.

Y comprendió que era cierto. Que la vida no termina. Que la felicidad es como un brote: incluso brota del asfalto si le das luz.

—Lo pensaré —respondió ella.

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