Divertido por la reacción, Alejandro se acercó y dijo con un tono juguetón pero mordaz: «Tengo una propuesta para ti, muchacha. Si logras ponerte ese vestido», señaló un vestido rojo exhibido en un maniquí, «me casaré contigo».
La multitud estalló en carcajadas. El vestido era fino y exquisito, ideal para una modelo de pasarela, una definición de belleza y prestigio. Clara se quedó paralizada, con el rostro ardiendo mientras la humillación la invadía. “¿Por qué dices algo tan cruel?”, murmuró, con lágrimas en los ojos.
Alejandro simplemente sonrió con suficiencia. “Porque, querida, uno siempre debe recordar dónde pertenece”.
Un pesado silencio permaneció.

La orquesta siguió tocando, pero algo dentro de Clara despertó algo más fuerte que el dolor. Más tarde esa noche, mientras los invitados celebraban, recogió los restos de su dignidad y contempló su tenue reflejo en una vitrina. «Me niego a que me compadezcan. Algún día, me mirarán con respeto o con incredulidad», juró en voz baja mientras se secaba las lágrimas.
Los meses siguientes la desafiaron profundamente. Clara decidió reescribir su historia. Trabajó más horas, ahorrando cada centavo que ganaba para apuntarse a un gimnasio, tomar clases de nutrición y apuntarse a clases de costura. Pocos sabían que cada noche se quedaba despierta practicando costura, decidida a crear un vestido rojo idéntico al que se habían burlado de ella, no para Alejandro, sino para demostrar su valía.
El invierno se desvaneció, y con él la antigua versión de Clara. La mujer cansada y olvidada se desvaneció. Su figura cambió, pero aún más importante, su espíritu se fortaleció. Cada gota de sudor simbolizaba un triunfo.
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