“¡Me casaré contigo si te queda este vestido!” se burló el millonario… meses después, se quedó sin palabras.

Cada vez que el cansancio amenazaba con quebrarla, recordaba su voz: “Si puedes entrar en ese vestido, me casaré contigo”.

Una tarde, Clara se miró al espejo y vio a alguien nuevo mirándola. No solo estaba más delgada, sino también serena, firme, con los ojos brillando de certeza. “Ya es hora”, susurró. Con manos firmes, terminó el vestido rojo que había cosido durante incontables noches. Al ponérselo, una lágrima de emoción resbaló por su mejilla.

Era impecable. Se adaptaba a su figura como si el destino mismo la hubiera moldeado. Así que decidió regresar al hotel, no como sirvienta. Llegó la noche de la gala anual. Alejandro, más satisfecho que nunca, recibió a sus invitados de élite con refinado encanto. Su negocio prosperaba, pero su vida era una cadena de festividades vacías.

Entre risas y copas alzadas, una mujer imponente apareció en la entrada principal. La multitud la miró y todo se detuvo. Clara estaba allí, con el mismo vestido rojo que una vez fue símbolo de su vergüenza, pero que ahora irradiaba poder. Su cabello estaba cuidadosamente recogido, su postura elegante, su expresión serena; no quedaba rastro de la tímida doncella.

Se oyeron susurros por todas partes. Nadie la reconoció al principio. Alejandro la miró, atónito, confundido.

“¿Quién es ella?” preguntó en voz baja, pero cuando ella se acercó, se dio cuenta.

—¿Clara? —Caminaba con seguridad—. Buenas noches, señor Domínguez —dijo con aplomo.

“Disculpen la interrupción, pero esta noche me invitaron como diseñador destacado”. Se quedó sin palabras.

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