Desde ese momento, fuimos inseparables. Crecer juntos significó ver cada versión del otro: enojados, callados, esperanzados, decepcionados. Cuando las parejas visitaban la residencia, no nos molestábamos en esperar. Sabíamos que querían a alguien más fácil. Alguien sin silla de ruedas. Alguien sin un expediente lleno de colocaciones fallidas.
Bromeábamos al respecto.
"Si te adoptan, me quedo con tus auriculares".
"Si te adoptan, me quedo con tu sudadera".
Nos reímos, pero ambos sabíamos que no vendría nadie.
Cuando cumplimos dieciocho años, nos dieron papeles, un pase de autobús y nos desearon suerte. Sin celebración. Sin red de seguridad. Solo la puerta cerrándose tras nosotros.
Nos fuimos juntos con nuestras pertenencias en bolsas de plástico.
Nos matriculamos en la universidad comunitaria, encontramos un pequeño apartamento encima de una lavandería y aceptamos cualquier trabajo que pudimos. Él hacía teletrabajo de informática y daba clases particulares. Yo trabajaba en turnos de café y de medias nocturnas. Las escaleras eran horribles, pero el alquiler era barato. Fue el primer lugar que nos hizo sentir como en casa.
En algún momento del camino, nuestra amistad se convirtió silenciosamente en algo más. Ninguna gran confesión. Ningún momento dramático. Solo la comprensión de que la vida se sentía más tranquila cuando estábamos juntos.
Una noche, exhausta, dije: "Básicamente ya estamos juntos, ¿verdad?".
"Bien", respondió. "Pensé que era solo yo".
Terminamos la escuela semestre a semestre. Cuando llegaron nuestros diplomas, los miramos como si fueran una prueba de que habíamos sobrevivido.
Un año después, Noah me propuso matrimonio, casualmente, en nuestra cocina, mientras yo cocinaba. Reí, lloré y dije que sí.
Nuestra boda fue pequeña y perfecta.
A la mañana siguiente, alguien llamó.
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