Me casé con mi amor de la infancia a los 71 años después de que ambos fallecieran. En la recepción, una joven se me acercó y me dijo: "Él no es quien crees".

Nunca pensé que volvería a ser una novia a los setenta y un años. Creía que ese capítulo de mi vida había terminado hacía tiempo.
Ya había vivido una historia completa: había amado profundamente, perdido dolorosamente y enterrado al hombre con el que una vez esperé envejecer. Mi esposo, Robert, falleció hace doce años, y después de eso, la vida no se detuvo exactamente, pero se atenuó.

Seguí adelante sin más. Sonreía cuando se esperaba. Lloraba solo cuando estaba sola. Cuando mi hija me preguntaba si estaba bien, siempre decía que sí.

Pero la verdad era que me sentía invisible en mi propia vida.

Dejé de ir al club de lectura. Dejé de reunirme con amigos para almorzar. Cada mañana me despertaba preguntándome qué propósito tendría el día.

Entonces, el año pasado, algo dentro de mí cambió.

Decidí dejar de esconderme.

Me uní a Facebook. Publiqué fotos antiguas. Contacté con personas de mi pasado. Era mi forma discreta de decir: Sigo aquí.

Fue entonces cuando recibí un mensaje que nunca esperé. Era de Walter.

Mi primer amor. El chico que me acompañaba a casa cuando teníamos dieciséis años. El que me hacía reír hasta que me dolían los costados. Con el que pensé que me casaría, hasta que la vida nos llevó por caminos diferentes.

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