La tercera, arruinada.
Para el cuarto día, me costaba respirar.
Me dejé caer al suelo. Encaje, satén, forro… todo yacía en el suelo hecho jirones informes. Mi vestido. Mi futuro. Mi esperanza de que al menos un día de mi vida no fuera una lucha.
Mi padre apareció en la puerta.
Detrás de él, mi madre.
Mi hermano estaba un poco apartado, apoyando el hombro contra la pared, con una media sonrisa de suficiencia.
"Te lo mereces", dijo mi padre.
"No habrá boda".
Lo dijo con calma. Sin ira. Como un hecho.
Mi madre guardó silencio, pero no había arrepentimiento ni duda en sus ojos. Solo una fría certeza de que él tenía razón. Mi hermano observaba con un placer manifiesto, como si fuera una actuación por la que valiera la pena pasar la noche despierta.
No grité.
No corrí hacia ellos.
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