Me cortaron el vestido de novia. Y luego vieron...

Simplemente tomé las llaves y salí de casa.

La noche era fría. El camino a mi puesto de servicio estaba desierto. La bandera sobre el edificio ondeaba levemente con el viento, iluminada por las farolas. Entré, como un hombre que regresa a un lugar donde realmente lo conocen.

Mi uniforme de gala de la Marina colgaba en el armario.

Ese que no se puede cortar con tijeras.

El que me gané con años de servicio, noches de insomnio, responsabilidad, miedo y decisiones.

Me lo puse lentamente. Revisé cada detalle.

Las condecoraciones estaban en su lugar.

Las insignias estaban alineadas.

Las dos estrellas en mis tirantes reflejaban la primera luz del amanecer.

Era una vida sobre la que mis padres nunca preguntaron.

Una vida de la que no estaban orgullosos.

Una vida que decidieron ignorar porque no encajaba con la imagen que tenían de mí.

Clímax

Cuando llegué a la pequeña capilla blanca, los invitados ya se estaban reuniendo en las escaleras. La gente

Hablaron, rieron, comentaron el tiempo y la ceremonia, hasta que me vieron.

Las conversaciones se interrumpieron.

Los rostros cambiaron.

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