Me desperté con mi esposo susurrándole mi PIN del banco a su madre: "Llévatelo todo, hay más de $120,000". Así que sonreí, volví a dormirme y los dejé caer directamente en la trampa que les había tendido días antes.

El PIN anterior, 3806, solo permanecía activo en su tarjeta de repuesto, la antigua que había configurado hacía años para compras pequeñas y rápidas, pero que había dejado de usar hacía tiempo.

Esa tarjeta ahora tenía exactamente tres dólares.

Kiana había mantenido esa cuenta abierta simplemente porque era más fácil que cerrarla, pero ahora podría serle muy útil.

Kiana salió del banco y se detuvo en los escalones de piedra, respirando el aire frío con un ligero olor a escape de coche y café del restaurante de la esquina.

La gente pasaba corriendo a su lado para ir al trabajo, arrastrando bolsas de la compra y agarrando con ambas manos los vasos de comida para llevar para protegerse del frío.

Una mañana normal en una ciudad normal del medio oeste.

Pero en su interior, todo había cambiado.

Ahora estaba lista. Completamente lista.

Esa noche, Darius inició otra conversación cuidadosa sobre dinero, esta vez evitando las preguntas directas y los sobresaltos.

"Oye, ¿has pensado en abrir un certificado de depósito?", preguntó, pinchando la pasta con el tenedor sin mucho interés. "Los tipos de interés están bastante bien ahora mismo. Es una decisión financiera inteligente".

Kiana se encogió de hombros con indiferencia.

“Lo pensé, pero aún no lo he decidido. ¿Y si me roban la tarjeta o me hackean la cuenta? Hay tantas estafas hoy en día dirigidas a la gente con ahorros.”

Él sonrió levemente, casi divertido.

“Nadie te va a robar.”

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