Le traía pasteles de la panadería, le preguntaba por la salud con fingida preocupación e incluso la felicitaba por su cabello o ropa.
Kiana no se dejó engañar ni por un segundo.
Vió cómo la Sra. Sterling miraba su bolso nuevo, los muebles modernos del apartamento y su teléfono último modelo con envidia y cálculo apenas disimulados.
En aquel entonces, la suegra le daba indirectas sobre lo bien que estaría ayudando a "una persona mayor pobre", lo poco que le daba la Seguridad Social y lo cara que se había vuelto la vida.
Kiana asentía con compasión y emitía sonidos apropiados, pero nunca le daba dinero.
La Sra. Sterling se había ofendido profundamente y no la había llamado durante tres meses después de ese rechazo.
Ahora, al parecer, había decidido operar a través de su hijo en lugar de hacerlo directamente.
Kiana se acostó tarde esa noche.
Darius ya roncaba fuerte, despatarrado sobre la mitad de la cama, como siempre.
Ella yacía allí, mirando al techo en la oscuridad, y sabía con absoluta certeza que algo grave estaba a punto de suceder.
Una extraña calma crecía en su pecho.
No
Miedo, no pánico, solo una profunda quietud que se sentía fría y dura, como el hielo.
Había aprendido esta habilidad de supervivencia en la infancia, cuando sus padres bebían y se gritaban en su estrecha casa de alquiler hasta quedarse roncos.
Había aprendido a no mostrar emociones, a no responder a los gritos, simplemente a esperar en silencio hasta que pasara la tormenta y luego hacer lo que fuera necesario.
Se acercaba una nueva tormenta, y Kiana sabía que debía estar preparada.
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