Me echaron de mi casa cuando mi esposo acababa de morir, sin saber que él ya había preparado todo para que nadie pudiera arrebatarme nada.

Me echaron de mi casa cuando mi esposo apenas acababa de morir, sin saber que él ya había preparado todo para que nadie pudiera arrebatar nada.

Volví del funeral con el luto aún pegado a la piel y el olor de las flores frescas siguiéndome hasta la puerta.

Cuando la abrí, el duelo terminó de golpe.

Mi suegra estaba en medio de la sala dando órdenes. A su alrededor, ocho familiares abrían armarios, llenaban maletas y apilaban cajas como si estuvieran desalojando un hotel.

En la mesa ya habían hecho una lista.

“Esta casa es nuestra ahora. Todo lo de Alejandro también. Tú, fuera.”

No bajaron la voz. No lo necesitaban.

Me quedé inmóvil un segundo.

Luego me reí.

Me reí tan fuerte que todos se callaron. Porque si de verdad creían que Alejandro “no dejó nada”, era porque nunca supieron quién era él en realidad… ni lo que firmó antes de morir.

Después del funeral de mi esposo volví a casa otra vez, como si repetirlo hiciera menos real lo que estaba pasando. En Guadalajara, el aire olía a tierra mojada y a cemento caliente. Subí al tercer piso con los tacones en la mano. Cada escalón era una excusa para no abrir la puerta.

Abrí.

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