Y soltó:
—Era mi hijo. Me pertenecía.
La agente respondió, fría:
—Nadie pertenece a nadie.
Tragué el nudo en la garganta.
No era momento de llorar.
Era momento de cerrar puertas.
Identificaciones.
Fotografías.
Anotaciones.
Pedí que constara la búsqueda y la falta de la USB.
Lucía se puso nerviosa.
—Yo… no la tengo.
No la miré.
La verdad saldría después.
Lo importante era que ya quedaba asentado.
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