No era derrota.
Era descarga.
A la mañana siguiente fui a la notaría.
Copia autorizada.
Acta de depósito.
Instrucciones sobre la empresa.
No era un tesoro escondido.
Era un mecanismo de protección.
Alejandro sabía.
Y dejó un laberinto legal con salidas solo para mí.
Al salir, el sol de Guadalajara me golpeó la cara.
Tristeza.
Orgullo.
Habría dado cualquier cosa por tenerlo vivo.
Pero él, que evitaba conflictos, había sido valiente al final.
Me dejó la verdad firmada.
Esa tarde cambié la cerradura.
Guardé la copia en una carpeta roja.
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