Colgué una foto suya riendo en la playa.
—No te preocupes —susurré—. Ya no pueden entrar gritando.
Ahora tienen que tocar.
Pedir.
Y explicar.
Y por primera vez desde que murió, entendí algo:
El duelo no era solo pérdida.
También era el inicio de una vida
donde nadie volvería a desplazarme con su ruido.
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