Me echaron de mi casa cuando mi esposo acababa de morir, sin saber que él ya había preparado todo para que nadie pudiera arrebatarme nada.

Colgué una foto suya riendo en la playa.

—No te preocupes —susurré—. Ya no pueden entrar gritando.

Ahora tienen que tocar.
Pedir.
Y explicar.

Y por primera vez desde que murió, entendí algo:

El duelo no era solo pérdida.

También era el inicio de una vida
donde nadie volvería a desplazarme con su ruido.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.