Me echaron de mi casa cuando mi esposo acababa de morir, sin saber que él ya había preparado todo para que nadie pudiera arrebatarme nada.

Y me encontré a mi suegra, Doña Teresa Álvarez, y a ocho familiares metiendo maletas como si fuera un hotel. Habían abierto armarios. Arrastraban perchas. Apilaban cajas en el pasillo. En la mesa del comedor había llaves, sobres y una lista escrita a pluma: “ropa”, “electrónica”, “documentos”.

—Esta casa es nuestra ahora —dijo Doña Teresa, firme—. Todo lo de Alejandro también. Tú, fuera.

Un primo de mi esposo, Rodrigo, levantó una maleta. Sonrió.
—No te lo tomes personal, Valeria. Es lo lógico.

Yo me quedé inmóvil un segundo. Miré el sofá donde Alejandro se sentaba a leer. El marco con nuestra foto en la playa de Puerto Vallarta. La urna temporal con flores del funeral aún en la entrada. Ellos caminaban por encima del duelo como si fuera una alfombra vieja.

—¿Quién les dejó entrar? —pregunté.

Mi voz sonó rara. Hueca.

Doña Teresa señaló la cerradura.
—Tengo llave. Siempre tuve. Alejandro era mi hijo.

Alguien abrió el cajón del escritorio. Escuché papeles moviéndose. Me ardió la garganta.
—No toquen eso.

—¿Y tú quién eres? —soltó una tía, Patricia, con desprecio—. Una viuda. Eso es todo.

“Viuda.”

La palabra cayó como algo pequeño. Como si me redujera a sombra.

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