Me echaron de mi casa cuando mi esposo acababa de morir, sin saber que él ya había preparado todo para que nadie pudiera arrebatarme nada.

Entonces me reí.

No fue nervios. No fue histeria.

Fue una risa clara. Fuerte.

El silencio cayó de golpe. Doña Teresa me miró como si me hubiera roto por dentro.

—¿Te has vuelto loca?

Me limpié una lágrima. No era de tristeza. Era de incredulidad.
—Ustedes creen que Alejandro no dejó nada —dije despacio—. Creen que era solo “su hijo”. Y que ustedes son la herencia.

Rodrigo frunció el ceño.
—No hay testamento. Ya lo revisamos.

Yo asentí.
Sonreí.

—Claro. No lo encontraron… porque nunca supieron quién era Alejandro en realidad. Ni lo que firmó antes de morir.

Doña Teresa avanzó un paso. Lenta. Ofendida.
—¿Qué estás insinuando?

Señalé el pasillo.
El despacho.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.