Me echaron de mi casa cuando mi esposo acababa de morir, sin saber que él ya había preparado todo para que nadie pudiera arrebatarme nada.

No porque fuera valiente.
Sino porque, en ese instante, yo dejé de parecer “la viuda dócil”.
Empecé a parecer un problema legal.

Abrí el cajón central.
Papeles revueltos.
Una carpeta abierta.
Y el hueco exacto donde Alejandro guardaba una llave USB negra.

El hueco me gritó la verdad.
Alguien ya había buscado allí.

—¿Dónde está? —pregunté, sin elevar la voz.

Doña Teresa me miró con una inocencia mal actuada.

—No sé de qué hablas.

—La memoria USB —dije—. No me hagan jugar.

Una prima, Lucía, evitó mis ojos.
Eso fue suficiente.
No necesitaba confesión.
Necesitaba dirección.

Respiré.
Marqué a un número guardado como “Lic. Ramírez — Notaría”.

Alejandro me lo había dado meses antes, con una frase extraña:
“Si algún día mi familia se pone pesada, tú llama. No discutas.”

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.