Lo levanté.
Detrás, pegado con cinta, había un sobre plano con sellos y una copia simple.
Mis dedos temblaron.
No de miedo.
De certeza.
—Esta —dije, dejando el papel sobre la mesa.
Doña Teresa lo agarró con manos rápidas.
Leyó la primera línea.
Su cara cambió.
No fue tristeza.
Fue terror.
—“Derecho de uso y disfrute vitalicio a favor de la cónyuge…” —leyó en voz baja.
La voz se le rompió.
Rodrigo se inclinó para ver.
Patricia soltó un “¿qué?” ofendido.
Yo me apoyé en el respaldo de una silla.
—Alejandro firmó que esta vivienda queda bajo mi uso exclusivo mientras yo viva. Y que cualquier intento de desalojo o apropiación sin mi consentimiento se considera ocupación ilegal y coacción. —Señalé una cláusula—. Y también hay una renuncia expresa de su familia sobre bienes muebles dentro de la vivienda, salvo inventario notarial.
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