Doña Teresa levantó la cabeza.
Ojos húmedos.
Rabia pura.
—¡Eso no puede ser! ¡Yo soy su madre!
—Y yo soy su esposa.
Y Alejandro era un adulto que firmó con plena capacidad.
Rodrigo intentó cambiar el enfoque.
—Bueno, pero la empresa… la cuenta… el coche… todo eso es de la familia. Alejandro lo heredó.
Asentí.
Sonrisa corta.
—La empresa también está prevista.
La frase los partió por la mitad.
Porque ellos habían venido por todo.
No solo por el departamento.
Venían como hienas.
Con hambre de seguridad.
—Alejandro no confiaba en ustedes —continué—. Y antes de morir dejó instrucciones. No por venganza. Por prevención.
Doña Teresa apretó el papel hasta arrugarlo.
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