Cuando Travis se mudó con su familia a un tranquilo pueblo de Maine, creyó que estaban comenzando una nueva etapa de paz. En cambio, un extraño descubrimiento en lo profundo del bosque —una lápida con su fotografía de la infancia— lo arrastró a un misterio que llevaba décadas esperando.
Llevábamos menos de un mes en Maine cuando todo cambió.
Mi esposa, Lily, nuestro hijo Ryan, de ocho años, y nuestra dóberman, Brandy, aún se estaban acostumbrando al frío. Sin embargo, después de dieciséis años en Texas, agradecí el aire fresco de la mañana en mis pulmones, el crujido apagado de las agujas de pino bajo mis botas y el anonimato de vivir en un lugar donde nadie conocía nuestra historia.
"Este lugar huele a Navidad", había dicho Lily la primera mañana, descalza junto a la puerta trasera con una franela enorme.
Recuerdo haberle sonreído, la calma que se reflejaba en su rostro.
Ese sábado, nos adentramos en el bosque detrás de nuestra cabaña en busca de setas. Nada exótico, solo del tipo que Lily podía cocinar con mantequilla y ajo, mientras Ryan afirmaba con orgullo que los había "recogido" él mismo.
Brany ladraba a cada ardilla y crujido. Ryan corría hacia adelante con un cubo de plástico, cortando helechos como si fueran colas de dragón.
Era uno de esos días que se siente nostálgico incluso antes de terminar.
Hasta que dejó de serlo.
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