29 de enero de 1984.
Mi cumpleaños.
Lily me agarró del brazo. Su voz era firme, pero podía sentir su miedo.
"Travis. Esto es demasiado extraño. No me gusta. Vámonos a casa".
"Solo... dame un minuto", dije.
Me arrodillé y toqué el marco de cerámica. Estaba frío.
Algo se movió dentro de mí; no solo miedo, sino algo más profundo. Un destello de reconocimiento que no podía explicar.
Esa noche, después de que Ryan se durmiera, me senté a la mesa de la cocina mirando la foto en mi teléfono.
"¿Qué es esto?", murmuré. "Soy yo. Sin duda. Pero nunca he estado aquí".
Lily se sentó frente a mí, pensando.
"¿Tu madre adoptiva mencionó alguna vez Maine?", preguntó.
"No", dije. Una vez le pregunté sobre mi pasado. Me dijo que no sabía mucho. Solo que un bombero llamado Ed me encontró afuera de una casa en llamas cuando tenía cuatro años. Tenía una nota prendida en mi camisa.
¿Qué decía?
«Por favor, cuida de este niño. Se llama Travis». Eso es todo.
Lily me apretó la mano.
«Quizás alguien aquí recuerde ese incendio», dijo con dulzura. «Quizás alguien sepa quiénes fueron tus verdaderos padres. Quizás terminamos aquí por alguna razón».
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