Me encontré con una lápida en el bosque y vi mi foto de la infancia en ella. Me sorprendí cuando descubrí la verdad.

“Cuando puse esa lápida”, dijo en voz baja, “no sabía que alguna vez te traería de vuelta. Pero tenía esperanzas. Recé para que, dondequiera que estuvieras, estuvieras a salvo”.

Apreté la mano de Lily.

“Caleb era el más tranquilo”, añadió Tom con una leve sonrisa. “Eras un salvaje”.

Pasamos horas revisando cajas dañadas por el humo. Había dibujos medio quemados, una tarjeta de cumpleaños descolorida dirigida a nuestros hijos y, al final, una pequeña camiseta amarilla, carbonizada en una manga.

La traje a casa.

Una semana después, volvimos al claro. Tom nos acompañó. Lily y Ryan también.

La lápida se alzaba silenciosa bajo los árboles. Me arrodillé y coloqué la vieja tarjeta de cumpleaños en su base.

“Papá, ¿vamos a visitar a tu hermano?”, preguntó Ryan.

“Sí”, dije. “Se llamaba Caleb”.

“Ojalá lo hubiera conocido”.

—Yo también —dije en voz baja.

El viento agitaba las ramas sobre mi cabeza.

Al mirar a Tom, una idea cruzó mi mente.

Quizás fue él quien me prendió esa nota en la camisa hace tantos años. Quizás entregarme no fue abandonarme...Tal vez era la única forma que conocía de salvarme.

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