Lo dijo con naturalidad.
Así habla la gente que nunca ha lavado sábanas ajenas ni ha secado sopa derramada.
Los primeros días
Sergey iba a casa de su madre como si estuviera en una aventura.
Con una laptop. Con una PlayStation. Con la sensación de que era temporal y nada serio.
Pero la vida cotidiana resultó ser despiadada.
Las gachas se desbordaban. El suelo estaba sucio de nuevo. Los platos eran interminables.
Su madre pidió agua, que le estirara la almohada, que lo ayudara a ir al baño.
Por primera vez, comprendió lo difícil que era sostener el cuerpo de otra persona.
Lo aterrador que era tener miedo de hacerle daño.
Lo agotadora que era la responsabilidad constante: sin descansos, sin "luego".
Al tercer día, me llamó.
Su voz era extraña. Quebrada.
Se quejó. Estaba cansado. Estaba enfadado.
Dijo que no estaba hecho para esto.
Lo escuché en silencio.
Y por primera vez en muchos años, no corrí a rescatarlo.
Porque si hubiera ido, no habría entendido nada otra vez.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
