Me llamó parásito. Y una semana después compró un lavavajillas…

No puso excusas.

Hizo lo que los ingenieros saben hacer: empezó a cambiar el sistema.

Vendió su sueño de un nuevo portátil.

Compró una aspiradora robot.

Pedí un lavavajillas. Aprendí a cocinar.

Aprendí a limpiar.

Aprendí a no considerarlo una "ayuda", sino una tarea.

Cuando regresé una semana después, el apartamento estaba limpio.

Él era diferente.

Más joven. Más tranquilo. Más atento.

No dijo "lo siento", pero sus acciones hablaron más que sus palabras.

A veces los hombres necesitan estar en nuestros zapatos para ver la verdad.

No a través de escándalos.

Sino a través del cansancio.

Me llamó parásito.

Y entonces aprendió el valor del trabajo invisible.

Y compró un lavavajillas.

No como un aparato.

Sino como una confesión.

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