Me Llegó Una Demanda De Divorcio… Y Yo Nunca Me Había Casado…

Me llegó una demanda de divorcio y yo nunca me había casado. Él sobre sello oficial y ese papel grueso que siempre huele a problema. No era publicidad, no era una multa, no era una carta importante de esas que son puro susto. Era una notificación legal con mi nombre completo, mi dirección correcta y una frase que me dejó en blanco, solicitud de disolución de matrimonio. Me quedé parado en la entrada con las llaves todavía en la mano, sintiendo esa clase de frío que no viene del clima, sino del cuerpo cuando algo no cuadra.

Abrí ahí mismo, sin sentarme, como si mi mente quisiera encontrar un error de imprenta en la primera línea para poder respirar. No lo encontré. Encontré una fecha, un lugar y un nombre de mujer que yo no conocía y en la misma hoja mi nombre como cónyuge demandado. Yo tenía 30 años cuando pasó esto. Me llamo Daniel y hasta ese momento mi problema más grande era el típico de alguien que se cree estable, un trabajo decente, planes a futuro, una relación de 4 años con una mujer que yo pensaba que iba a ser la indicada y la clase de rutina que te hace sentir adulto.

Nada de eso me preparó para ver mi identidad convertida en una vida que yo no viví. Lo peor es que mientras más leía, más real se veía todo. Había un número de expediente, un tribunal, un condado al otro lado de la frontera, incluso un anexo donde pedían repartición de bienes adquiridos durante el matrimonio. Bienes matrimonio. En mi nombre, mi primera reacción fue absurda. Pensé que alguien me estaba haciendo una broma pesada. Me reí solo, una risa nerviosa, y luego me dio coraje.

Porque, ¿quién bromea con un divorcio? Me metí al departamento y le marqué a mi novia, Laura, 28. Con la cabeza todavía en modo, esto se arregla con una llamada. Laura contestó rápido, contenta. Me preguntó cómo me había ido en el día. Le dije, “Me llegó una demanda de divorcio. Hubo un silencio extraño. De esos silencios que duran menos de un segundo, pero te cambian el estómago.” Laura soltó una risita y dijo, “¿Qué? ¿De qué hablas?” Le leí el nombre de la mujer.

Laura volvió a quedarse callada y luego dijo, “No la conozco, amor. Debe ser un error.” Yo quería creerle y por eso me agarré de esa frase como si fuera salvavidas. Le dije, “Sí, debe ser un error.” Pero mi cuerpo no se calmaba porque mi cuerpo ya había notado lo que mi mente no quería aceptar. Laura no se rió con incredulidad. Laura se rió con tensión. Esa noche casi no dormí. Me senté en la mesa con los papeles, subrayando cosas como si estuviera estudiando un examen, buscando una grieta.

La fecha de matrimonio era de hace un año y medio. El lugar era un condado donde, según el documento, se celebró una ceremonia válida. Había un número de licencia y lo que me dejó peor, el documento decía que la demandante pedía que se reconociera abandono emocional y ruptura irreconciliable. Abandono emocional a una mujer que yo no sabía que existía. A la mañana siguiente llamé al número del tribunal. Me pasaron de extensión en extensión hasta que una señora me dijo con la naturalidad más cruel del mundo que sí había un matrimonio registrado a mi nombre y que por eso yo estaba siendo notificado.

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