Me Llegó Una Demanda De Divorcio… Y Yo Nunca Me Había Casado…

Cuando alguien te roba el nombre, te roban también la inocencia. Hubo un par de cuentas que tuve que disputar, un par de cartas que tuve que contestar, pero nada gigante, por suerte. Mi abogado dice que cortamos el problema antes de que creciera más. Yo no sé si decir por suerte o por tiempo, porque lo que me salvó fue que Carla se apuró con el divorcio y eso encendió la alarma. Y Laura. Laura intentó una última jugada emocional.

Me buscó fuera de la terapia de pareja, que ya ni era pareja. me dijo que estaba rompiendo con su familia, que su mamá la trató como traidora, que su hermano estaba enojado, que ella por fin entendía lo que me hicieron. Me pidió perdón, uno de esos perdones que suenan bonitos, pero llegan tarde. Yo la escuché sin gritar. Le dije que me daba tristeza que ella viviera bajo el control de su mamá, pero que eso no borraba su decisión de callarse.

Le dije que yo no podía construir una vida con alguien que, ante presión familiar me sacrifica. Laura lloró como si yo estuviera matando el amor y tal vez sí, pero el amor ya venía herido desde antes. Lo más impactante y lo que me dejó con una mezcla de asco y calma fue enterarme por un amigo en común de algo que confirmó mi intuición. La familia de Laura ya había tenido trámites raros antes, no exactamente iguales, pero similares.

Préstamos a nombre de un tío, cuentas a nombre de una abuela, favores que siempre caían sobre alguien con buen historial. Era una familia que funcionaba como red. Cuando uno se hunde, usan al más estable como tabla. Y yo era la tabla. Laura, con todo su cariño real o lo que sea, fue parte de esa lógica. La última escena de todo esto fue casi silenciosa. Un día, al regresar del trabajo, vi una bolsa en mi puerta. Adentro estaban mis cosas que se habían quedado con Laura, una sudadera, un libro, un llavero.

No había nota, no había disculpa, solo devolución. Y eso de alguna manera fue la verdad más honesta que recibí. Cuando se acabó el juego, ya no había palabras. He estado reconstruyéndome desde ahí. Volví a salir con amigos. Me enfoqué en mi rutina. Me mudé de departamento porque no quería vivir en el lugar donde leí ese sobre por primera vez. A veces todavía me llega el coraje en forma de pensamiento pequeño, como como no lo vi, cómo confié.

Pero luego me acuerdo de algo que mi hermano Iván me dijo cuando todo terminó. Confiar no te hace tonto, te hace humano. Lo que te hace sabio es lo que haces cuando descubres la traición. Y yo hice lo único que me devolvía control, poner límites, protegerme y no negociar mi paz con gente que solo te quiere ti. Si algo me deja esto, es una advertencia que suena obvia hasta que te pasa. En una relación, la confianza no solo se mide en si te son fieles o no, se miden si te tratan como persona completa, cuando hay presión externa, cuando hay familia, cuando hay necesidad, cuando hay oportunidad de usar tu bondad.

Yo creí que estaba construyendo una vida con Laura. Resultó que Laura estaba construyendo una salida para su familia y yo era el material. Y por si alguien se pregunta por qué no arreglé con ellos para evitar drama, porque el día que aceptas que tu identidad puede ser moneda de cambio, ya no vuelves a ser dueño de tu vida. Yo no estaba dispuesto a vivir así.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.