Siempre imaginé la boda de mi hijo de una sola manera.
En mis sueños, él me tomaba del brazo, sonreía con orgullo y decía frente a todos:
“Mamá, nada de esto existiría sin ti.”
Me veía sentada cerca del altar, rodeada de miradas amables, sintiendo que, aunque ya no fuera el centro de su vida, seguía siendo alguien importante.
La mujer que lo trajo al mundo.
Pero cuando ese día llegó, la realidad me golpeó con una frialdad que jamás olvidaré.
El salón era deslumbrante. Candelabros dorados colgaban del techo, reflejándose en el mármol pulido. Los arreglos florales eran tan extravagantes que ni siquiera sabía nombrar los colores. Todo olía a dinero, a lujo, a una vida que no era la mía.
Yo apreté la invitación entre mis manos, buscando mi lugar.
Fila 14.
Sentí cómo el corazón se me hundía en el pecho.
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