Tragué saliva y prometí no llorar.
No ahí.
No ese día.
Mientras los invitados tomaban sus lugares, un hombre con traje negro caminó lentamente por el pasillo. Se detuvo junto a mi silla.
—¿Está ocupado? —preguntó con voz tranquila.
—No —respondí, moviendo mi bolso.
Se sentó a mi lado sin hacer preguntas, sin mirarme con lástima.
Pasaron unos segundos en silencio. Entonces se inclinó ligeramente y susurró:
—Finjamos que venimos juntos.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué? —pregunté en voz baja.
—Porque ninguna madre debería sentarse sola en la boda de su hijo.
Sentí un nudo en la garganta. Aquel desconocido no sabía nada de mí, pero acababa de devolverme algo que me habían quitado sin pedir permiso: dignidad.
La ceremonia comenzó.
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