"Cuando importara", dijo.
"Estamos comprometidos", respondí. "Importó hace meses".
Confesó que temía que me fuera si lo supiera.
En ese momento lo comprendí.
No se trataba de dinero ni de un matrimonio anterior. Se trataba de control. De quitarme la libertad de elegir.
Guardé la carpeta.
"No voy a deshacer las maletas", dije. "El compromiso se acabó". Me rogó. Se arrodilló. Dijo que me amaba.
Pero la confianza ya se había esfumado.
Salí con mi caja más pequeña, con lágrimas en los ojos y una fría e inconfundible sensación de alivio.
Eso no era compañerismo.
Eso era control.
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