
La carta apareció tres días después de su funeral.
La misma vieja mesa de la cocina. El mismo vinilo feo. La misma silla vacía con el suéter colgando del respaldo. La casa olía a polvo y canela tenue, como si intentara recordarla.
Tetera encendida, dos tazas por costumbre.
El sobre tenía mi nombre escrito a mano.
Me quedé mirándolo un minuto entero.
“No”, murmuré. “Por supuesto que no”.
Entonces preparé el té que no quería porque eso es lo que ella habría hecho. Tetera encendida, dos tazas por costumbre, aunque una de nosotras estaba muy muerta.
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