Mi abuelo le traía flores a mi abuela todas las semanas. Después de morir, un extraño le entregó flores con una carta que revelaba su secreto.

Nunca imaginé presenciar un amor tan silencioso y poderoso como el que compartieron mis abuelos.
Pensé que su historia había terminado el día que falleció mi abuelo. Me equivoqué. Lo que sucedió después de su muerte se convirtió en el capítulo final, y más hermoso, de su amor.

Mis abuelos estuvieron casados ​​durante cincuenta y siete años. Su relación nunca fue ostentosa ni dramática. Vivió en la rutina, en la paciencia, en los pequeños actos repetidos durante décadas hasta que se convirtieron en sagrados.

Entonces murió mi abuelo.

Desde que tengo memoria, cada sábado por la mañana seguía el mismo patrón. El abuelo Thomas se despertaba antes del amanecer, con cuidado de no molestar a la abuela Mollie, salía de casa y regresaba con flores.

A veces eran flores silvestres que él mismo había recogido. Otras semanas, tulipanes del mercado. Y a menudo, rosas de la pequeña floristería del centro.

No importaba de qué tipo fueran, siempre esperaban en un jarrón sobre la mesa de la cocina a que la abuela las encontrara al despertar.

Cuando era pequeña, una vez le pregunté por qué lo hacía todas las semanas.

Sonrió —con esa suave sonrisa que le cubría las comisuras de los ojos— y dijo: «El amor no es solo un sentimiento, Grace. Es una acción. Algo que eliges hacer, una y otra vez».

Me encogí de hombros. «Pero son solo flores».
Negó con la cabeza. «Nunca son solo flores. Son la prueba de que la aman. De que importa. De que la volvería a elegir, siempre».

Así se amaban: en silencio, con fidelidad.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.