“Marco, me ha estado sacando $1,300 de mi sueldo cada mes. Sin preguntarme.”
Miró a Daria. Ella no lo negó. Simplemente levantó la barbilla, casi con orgullo.
“Es dinero de la casa”, dijo. “Me lo debe.”
Algo dentro de mí se quedó en silencio. Me di cuenta de que no era un malentendido, sino una decisión deliberada que había tomado una y otra vez, esperando que la aceptara solo por vivir bajo su techo.
Respiré hondo.
“Bien”, dije. “Me voy.”
Los labios de Daria se curvaron.
“Perfecto.”
Esa noche, mientras veían la televisión, abrí mi aplicación bancaria, transferí cada dólar restante a una nueva cuenta que solo yo controlaba, cancelé la tarjeta a la que tenía acceso y cambié mi depósito directo. Cuando terminé, el saldo compartido era:
$0.00
Cerré la cremallera de la maleta, cogí mi portátil y me fui sin dar un portazo.
A mis espaldas, oí reír a Daria.
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