“Pagué la comida y los gastos”, respondí. “Y aunque no lo hubiera hecho, no tienes derecho a quitarme discretamente 1300 dólares de mi sueldo”.
Su voz se volvió gélida.
“Si no devuelves el dinero, les diremos a todos que nos robaste”.
“Puedes intentarlo”, dije con calma. “Pero tengo extractos bancarios. Tengo registros. Y estoy presentando una denuncia por fraude”.
La palabra fraude la golpeó como un interruptor. Tartamudeó.
“No es fraude. Era dinero de la casa”.
“El dinero robado sin consentimiento es fraude”, respondí. “Y si quieres hablar de alquiler, eso se hace con recibos y un acuerdo escrito, como adultos”.
Colgué y presenté una denuncia en el banco por transferencias no autorizadas. Como la cuenta había sido accesible a través de un "sistema de vivienda compartida", el banco solicitó detalles. Les di todo: las transacciones repetidas, las fechas en que la confronté, los mensajes exigiendo el pago.
Luego hice una cosa más: llamé a una oficina local de asistencia legal y pregunté cuáles eran mis opciones. No por venganza, sino por protección. Me dijeron algo importante: si tenía pruebas de que las transferencias no estaban autorizadas, podía exigir un reembolso y Daria podría enfrentar consecuencias según cómo accediera a mis fondos.
Esa tarde, Marco apareció en mi hotel. Parecía exhausto, como alguien que acaba de darse cuenta de que su vida se había basado en una mentira que nunca quiso examinar.
“No lo sabía”, dijo con la voz quebrada. “Juro que no lo sabía”.
Creía que desconocía los detalles. Pero también sabía que había dejado que Daria controlara las finanzas de la casa y evitaba mirar con atención porque era más fácil.
Se sentó en el borde de la cama, sin saber qué hacer con las manos.
"La hipoteca rebotó, los servicios rebotaron, y te está culpando a ti".
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
