Lo miré a los ojos.
"Yo no lo causé. Simplemente dejé de ocultarlo".
Marco tragó saliva con dificultad.
"Dice que eres egoísta".
Abrí mi portátil y le enseñé mis extractos bancarios.
"Pagaba 1300 dólares al mes", dije. "Eso es más que el alquiler de mucha gente. Y nunca me lo dijo. Simplemente se lo llevó".
Marco miró la pantalla y susurró:
"¡Dios mío!".
Finalmente, hizo la pregunta que esperaba.
"¿Cuánto tiempo lleva haciendo cosas así?".
Y en ese momento, comprendí que el resultado no se trataba solo de mi dinero.
Se trataba de todo lo que Daria había estado controlando en silencio mientras Marco fingía no darse cuenta.
Marco no se fue a casa después de ver las declaraciones. Se quedó en mi hotel, con la cabeza entre las manos, repasando su matrimonio como si fuera la escena de un crimen. Repetía una y otra vez: «No puedo creerlo», como si la incredulidad pudiera cambiar los números en la pantalla.
Ya no lo consolaba como antes. No porque lo odiara, sino porque ya no estaba dispuesta a cargar con consecuencias que no me correspondían.
«Marco», le dije, «tienes que arreglar tu casa. Ya arreglé la mía».
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