Mi dinero son 200.000 pesos y una orden: ‘¡Cámbiate de ropa, sal por la ventana, rápido…

Su mirada era firme, pero desesperada. Escúchame bien. Hace años tu padre y yo hicimos negocios juntos, tierras, propiedades. Cuando él murió quedaron pendientes ciertos papeles. Hay gente que quiere esas tierras a toda costa, Sofía. Y descubrieron que tú eres la heredera legítima. Te quieren a ti para obligarte a firmar. Si no lo haces, su voz se quebró. Harán cosas terribles. El mundo se detuvo. Mi padre, tierras. Yo crecí con mi tía en Querétaro después de que mis padres murieron en un accidente cuando tenía 5 años.

Nunca supe de ninguna herencia. Nunca supe que llevaba sobre mis hombros algo tan peligroso. ¿Por qué nunca me dijeron nada? Susurré. Para protegerte. Pero ahora que te casaste con Diego, te rastrearon. Tienen gente aquí, Sofía. Gente que iba a irrumpir esta noche. Uno de mis empleados me avisó hace una hora. Por eso tienes que irte ya. Me cambié con manos temblorosas. Don Roberto abrió la ventana del baño que daba al patio trasero. El aire frío de noviembre me golpeó la cara.

Abajo la oscuridad parecía tragárselo todo. Salta al tejado de la cocina, luego baja por la escalera de servicio. Camina hacia la calle Aldama. Un jeta gris te estará esperando. El conductor se llama Esteban. Confía en él. Miré a mi suegro con los ojos inundados de lágrimas. Y usted, y Diego, nosotros nos encargaremos, pero si algo nos pasa, Sofía, júame que seguirás viva. Júame que lucharás por lo que te pertenece. Asentí, aunque no entendía nada. Tomé el sobre con el dinero y lo metí en mi mochila.

Don Roberto me ayudó a salir por la ventana. El tejado estaba resbaladizo. Cada paso era una agonía. Detrás de mí escuché voces fuertes, golpes en la puerta principal. Mi corazón se detuvo. “Corre”, gritó don Roberto desde la ventana. Bajé como pude, raspándome las manos, casi cayéndome. Llegué al patio trasero y corrí hacia la salida. Las calles empedradas de San Miguel estaban desiertas. A lo lejos, las luces de la iglesia brillaban. Corrí con el vestido de novia escondido en mi mochila y el alma destrozada.

Dos cuadras después vi el jetta gris. Un hombre de unos 40 años bajó la ventanilla. Sofía asentí sin aliento. Sí, sube rápido. Me lancé al asiento trasero. El coche arrancó a toda velocidad. Miré hacia atrás y vi luces, movimiento, figuras corriendo. Mi noche de boda se había convertido en una huida desesperada. Y lo peor de todo, no tenía idea de qué tan profundo era el peligro que me perseguía. Amigos, cada historia que les cuento sale todos los días, pero YouTube solo se las mostrará si tocan el botón rojo de suscribirse.

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