Toquen suscribirse, activen la campanita y nunca se perderán una historia. Gracias. El Jetta atravesó las calles oscuras de San Miguel de Allende a toda velocidad. Esteban, el conductor, no decía palabra, solo miraba por el retrovisor cada pocos segundos, como si esperara que alguien nos siguiera. Yo iba en el asiento trasero, abrazada a mi mochila, temblando de pies a cabeza. Las lágrimas no dejaban de caer. ¿A dónde vamos?, pregunté con voz quebrada. A un lugar seguro, respondió Esteban sin apartar los ojos del camino.
Don Roberto me pidió que la llevara lejos, muy lejos. Salimos de San Miguel y tomamos la carretera hacia Dolores Hidalgo. La oscuridad de la noche mexicana nos envolvía. Solo se veían las luces del coche iluminando el asfalto y a lo lejos las siluetas de los cerros. Mi mente era un torbellino. ¿Qué había pasado con Diego? Estaba bien, don Roberto. ¿Quiénes eran esos hombres que irrumpieron en la casa? Después de casi una hora de silencio, Esteban se desvió por un camino de terracería.
Llegamos a un rancho pequeño rodeado de nopales y mequites. La casa era humilde, de adobe y tejas rojas. Una mujer nos esperaba en la puerta. Aquí estará a salvo por esta noche, dijo Esteban. Mañana la llevaremos a otro lugar. Bajé del coche con las piernas temblorosas. La mujer, doña Carmela, me recibió con una mirada compasiva. Pasa, hija, debes estar exhausta. Entré a la casa. Olía a leña y a tortillas recién hechas. Había una mesa de madera vieja, algunas sillas y un pequeño altar con una Virgen de Guadalupe iluminada por veladoras.
Doña Carmela me sirvió un vaso de agua y me indicó que me sentara. ¿Usted sabe qué está pasando?, Le pregunté desesperada por respuestas. Ella asintió lentamente. Don Roberto es un hombre bueno. Hizo lo correcto al sacarte de allí. Esos hombres no tienen piedad. ¿Quiénes son? ¿Por qué me buscan? Doña Carmela intercambió una mirada con Esteban. Él suspiró y se sentó frente a mí. Sofía, lo que te voy a contar no será fácil de escuchar. Tu padre, don Ernesto, era dueño de tierras muy valiosas en León.
Tierras que ahora valen millones por el desarrollo industrial de la zona. Cuando murió, esas tierras pasaron a nombre tuyo, pero como eras menor de edad, don Roberto quedó como tutor legal. Me quedé sin aliento. Tierras. Yo soy dueña de tierras. Sí. Y hay un grupo de empresarios sin escrúpulos que quieren quedárselas. Intentaron comprarlas por años, pero don Roberto se negó. Sabía que te pertenecían. Ahora que cumpliste los 25 y te casaste, eres legalmente la dueña. Y ellos lo saben.
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